8 de marzo: Mujer, Moda y Sostenibilidad

El 8 de marzo está marcado en el calendario de todos los países como el Día de la Mujer desde que en 1975 la Organización de las Naciones Unidas lo declaró oficialmente Día Internacional de la Mujer.

Pero la elección de la fecha no fue accidental, y para entender su origen debemos remontarnos a varios eventos que tuvieron lugar en la ciudad de Nueva York (Estados Unidos) a lo largo del mes de marzo hace más de un siglo entre la clase media trabajadora y socialista de Nueva York, donde los derechos de las mujeres comenzaban a ser defendidos en las calles.

El 8 de marzo de 1908, y conmemorando otra protesta que había tenido lugar en la misma fecha en el año 1857, 15.000 trabajadoras (inmigrantes europeas en su mayoría) del sector textil salieron a la calle para reclamar una mejora en sus condiciones de trabajo. Inspiradas por esta manifestación, las trabajadoras de la confección comenzaron una protesta de 3 meses entre 1909 y 1910 conocida como “The Uprising of the 20.000” para denunciar las condiciones inhumanas en las que estaban trabajando dentro de las fábricas. Un año más tarde, 123 mujeres (y 23 hombres) fallecieron en el horrible incendio que tuvo lugar en una de esas fábricas, la Triangle Shirtwaist. Si bien no fue fruto de la protesta, la tragedia sí fue culpa de una de las causas que denunciaban estas mujeres: la imposibilidad de salir del edificio en llamas debido a que los responsables de la fábrica de camisas habían cerrado todas las puertas de las escaleras de incendios para evitar los robos que tan habituales eran en la zona. Muchas de las trabajadoras, al no poder escapar del edificio en llamas, saltaron desde los pisos octavo, noveno y décimo a la calle.

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Es innegable que la industria de la moda está sostenida en su mayoría por mujeres: los hombres gastan tres veces menos dinero que las mujeres en ella y el porcentaje de mujeres que trabaja dentro de este sector es mayor que el de hombres: a día de hoy, se estima que más del 70% de los trabajadores del textil de China son mujeres; en Bangladesh, esta cifra ronda el 85% y en Camboya, alcanza el 90%.

Según la iniciativa “Garment Worker Diaries” desarrollada por Fashion Revolution, en Bangladesh, el salario mínimo de una trabajadora es de 62€, una cifra realmente alejada de los 104€ que se calcula que una persona necesita para poder costear una vida digna. A esto se suman condiciones de trabajo donde los abusos de poder son comunes y la seguridad en el puesto de trabajo, baja.

Tradicionalmente se ha considerado que el desarrollo de una industria globalizada ha sido motor para la incorporación de las mujeres al trabajo remunerado y la emancipación de estas y por tanto, la creciente igualdad de género. Economistas como Naila Kabeer, han enfatizado que precisamente el trabajo en la industria de la confección ha permitido a las mujeres de Bangladesh obtener reconocimiento por su contribución económica dentro de sus familias y que tienden a ser más conscientes de sus derechos que otras mujeres no trabajadoras.

Sin embargo, hay razones para ser escépticos con estas ventajas: en la economía global, los países en desarrollo compiten por ofrecer a las marcas de moda los costes de producción más bajos y los tiempos más cortos y flexibles. En una industria que requiere tanta mano de obra como esta, estos objetivos se han logrado en parte gracias a hacer que los trabajadores sean más baratos y más flexibles, es decir, pagando salarios más bajos, presionando por jornadas laborales más largas y reduciendo los estándares laborales y medioambientales.

Curiosamente, la incorporación de la mujer a las fábricas de ropa ha desempeñado un papel esencial en el desarrollo de este proceso, ya que la inicial condición de inferioridad numérica con la que se incorpora a una industria todavía masculina, permite pagar salarios más bajos a las mujeres que a los hombres trabajadores en el mismo cargo, favoreciendo de esta manera el desarrollo de una fuerza laboral más barata, más dócil y más flexible que deja a la mujer relegada a una discriminación sistemática en la que sólo tiene acceso a puestos mal pagados y con muy pocas posibilidades de ascenso.

En la actualidad, y sobre todo desde que el 24 de abril de 2013 tuvo lugar el hundimiento del Rana Plaza en el que perecieron más de 1.100 trabajadores de la industria de la confección, el número de sindicatos y movimientos laborales para desafiar las desigualdades y la explotación laboral de esta industria es cada vez mayor, en una lucha clave para el desarrollo de los trabajadores, sus familias y por ende, sus sociedades. Esto podría permitir un verdadero cambio emancipador para las mujeres y la posibilidad de salir de la pobreza y convertirse en individuos más fuertes e independientes.

Pero la desigualdad de género que vive la Moda no termina aquí: según el reciente informe “The Glass Runway” desarrollado por McKinsey en colaboración con Glamour, menos del 50 % de las marcas de ropa de mujer conocidas están diseñadas por mujeres, y solo el 14 % de las marcas principales tienen una ejecutiva a cargo. En los últimos años, la industria reconoce la necesidad urgente de romper el techo de cristal, y muchas empresas han aumentado su compromiso con la diversidad de género en los últimos años. ¿Por qué entonces, el progreso sigue siendo lento?

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El informe señala cuatro razones principales de desigualdad de género: la falta de conciencia y compromiso, que se ve camuflada por la amplia participación de las mujeres a lo largo de toda la industria y hace que más del 50% de los hombres encuestados nieguen el problema; los criterios de éxito ambiguos, mientras que sólo el 65 % de las mujeres declara que sean claros, el 80 % de los hombres los ve obvios y a la hora de ser promocionados, los hombres tienen el doble de posibilidades de que esto ocurra sin haberlo pedido que las mujeres; la disparidad en el patrocinio y la tutoría, en las que las mujeres son menos asesoradas que los hombres desde un punto de vista estadístico; y las limitaciones del equilibrio entre la vida laboral y familiar.

En este punto, es innegable que el avance en la consecución de la igualdad está siendo lento y complejo, al igual que lo está siendo la consecución de los Objetivos de Desarrollo Sostenible. Nos encontramos en el siglo XXI con crisis económicas, ambientales y sociales a escala global. ¿Hay un vínculo entre estas dos tendencias? La respuesta clara es sí.

Las tres dimensiones en las que se establecemos el desarrollo sostenible (la económica, la ambiental o ecológica y la social), también son esenciales para la igualdad de género, comprendiendo que centrarse en la economía y el medioambiente, sin prestar atención a los factores sociales, puede llevar al crecimiento “verde” solo para unos pocos que, dadas las brechas de género en el mundo, tienden a ser en su mayoría hombres.

La dimensión social del desarrollo sostenible, y su énfasis en la equidad y la igualdad, es la más sensible desde el punto de vista político y, por lo tanto, la más difícil de abordar. Implica enfrentar tendencias sociales negativas, como el aumento de las disparidades en los ingresos, el aumento del desempleo y una brecha de género persistente.

En respuesta a la crisis económica, muchos países están implementando estrategias para el crecimiento “verde”, economías verdes y empleos verdes, para colocarse en una trayectoria con menos emisiones de carbono; pero si ignoran los requisitos sociales básicos, como la equidad de ingresos, la calidad del trabajo y la igualdad de género, estas iniciativas no serán sostenibles.

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Volviendo a la cuestión inicial, es cierto que la industria de la moda podría tener un gran potencial como fuerza emancipadora para las mujeres a lo largo de todos sus puestos de trabajo. Sin embargo, y como hemos visto, el trabajo en sí mismo no es suficiente para crear desarrollo y desafiar la desigualdad de género: la naturaleza del trabajo es igual de importante y por ello, debe reconsiderarse con urgencia.

Ante esta situación, algunas empresas de la industria de la moda han logrado causar brechas en ese techo de cristal y es que como pone en evidencia el estudio llevado a cabo por McKinsey, el caso comercial para la igualdad de género ya existe: las empresas con diversidad de género tienen un 22 % más de probabilidades de superar a sus iguales.

La sostenibilidad se convierte así en clave, y a la vez en oportunidad, en la consecución de la igualdad, y muestra de ello es el amplio porcentaje de mujeres que están liderando el cambio de paradigma y abanderando, en nuestro caso, una Moda más sostenible, no solo para el planeta, sino también para todas las personas.

Y es que a menos que se aborden de frente, las preocupaciones sociales continuarán bloqueando el progreso y el logro general del desarrollo sostenible para todos nosotros.

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